Fuera filtros. Y de cara para cambiarlo.

Hablar de pobreza hoy en día no nos sorprende. Que ahora escriba que hay 3 millones de personas (y subiendo) que viven en el umbral de la pobreza en los Países Catalanes no deja de ser un dato, no deja de hacer que ahora pienses “Uf, cuántos, no?” y cambies a otro tema. Lo mismo ocurre con las 2.798 personas que, según datos oficiales, están sin hogar. De estas, 1.260 duermen gracias a recursos públicos o privados, 838 directamente en la calle, y 700 en asentamientos. No somos conscientes, tampoco, que en la misma Vila de Gracia, por poner un ejemplo cercano a quien escribe, hay niños que sólo comen una comida en la escuela y con ello pasan el día. Esto supone que sus padres hay días que ni comen. Datos, situaciones, que por cotidianas nos pasan por delante y ni las vemos.

A principios de julio un grupo de cubanos visitó Barcelona. Desde Gracia con Cuba llevamos unos años trabajado con los jóvenes del proyecto Sociocultural La Camorra, compartiendo experiencias y metodologías, y después de algunas visitas a la isla ahora tocaba, por fin, devolver la visita y que descubrieran nuestra realidad. Para todos era la primera vez que visitaban el país. Estuvieron por aquí seis días, y la verdad es que aprendieron, y aprendimos, todos de todos. Hubo tiempo para el turismo de postal, de escaparate, y para el turismo de trastienda, aquel que no enseñan las guías, el de debajo de las alfombras donde los de arriba esconden el polvo a los invitados de fuera para que parezca que todo es limpio e impoluto . Además compartieron espacio con niños de escuelas, con alguna parlamentaria e hicieron una multitudinaria actuación en la Plaza del Raspall. De todo, vamos.

Y la relación entre los dos párrafos? Y qué tienen en común la pobreza y los cubanos? No vamos a los tópicos que gustan a algunos, no. Al contrario. La última noche hicimos una despedida y ellos nos dijeron qué era lo que habían aprendido. Y la respuesta nos sorprendió. Habían visto que aquí hay pobreza. No entendían como puede ser que alguien pida dinero en el metro para comprar medicamentos. Habían visto que aquí hay gente sin casa. No entendían qué hacía alguien durmiendo en un cajero automático una noche de julio. No entendían porque hay gente que tiene que ocupar para no tener que vivir en la calle, como la gente de el Armadillo. Y menos que en en lugar de ayudarles a tener una vivienda el gobierno los quiera echar. No entendían que alguien les explicase que no podía hacer un máster porque no lo podía pagar. O que en lugar de potenciar la sanidad pública aquí se recorte. Decían que venir les había servido para ver lo que no querían para su país y les daba ánimos para, a pesar de ser conscientes de los muchos problemas de Cuba, seguir luchando por la revolución. “Tenemos poco pero vivimos dignamente. Casa, educación, sanidad, familia, trabajo y (siempre) una sonrisa. ¿Por qué queremos más?”

No somos (del todo) conscientes de lo que nos rodea. Hemos puesto el filtro de la normalidad en nuestra vida y hay cosas que ya no nos llaman la atención. Que alguien pida lo vemos normal. Ir a sacar dinero con un sin hogar durmiendo al lado del cajero no nos extraña. Tenemos una venda en los ojos y en algunos ya les va bien que sea así. Asimilamos datos con la misma normalidad con la que repasan los muertos de Siria o Egipto en el telediario. Pero estos días con los cubanos me sirvieron para darme un golpe de realidad. Este pasar vergüenza cuando nos cruzábamos con alguien que pedía nunca me había pasado, y con razón no sabía (ni podía, ni quería) justificar la situación ni responder la cara de incredulidad que ponían cada vez que pasaba. Con ellos he aprendido mucho, aquí y allí, pero tal vez esta es una de las lecciones más grandes que me han enseñado: tenemos una venda que debemos quitarnos para poder mirar lo que nos rodea. Fuera filtros. Y de cara para cambiarlo.