Asamblearismo: transformación social a través de la construcción colectiva

Estos días se habla y se ha hablado mucho del asamblearismo. Para algunos es una práctica habitual, para otros un desconocido, unos lo entienden de una manera, otros de una completamente distinta. Hablar de asamblearismo no es hablar de nada nuevo. Al contrario.

Y por la experiencia y las vivencias puedo decir que te ayuda a crecer como persona, hace que aprendas a expresarte y hablar en grupo, estructurar las ideas y aprendas por un lado defender aquello en lo que crees, buscar los argumentos, y por el otro sepas ceder para encontrar un consenso que ayude a evitar la votación. Porque, sí, la base del asamblearismo es el consenso. No se vota. Es más: en el asamblearismo la mayoría puede no tener razón. Porque al final, y esta es la magia, la decisión que se toma tiene que satisfacer a TODOS, no a la mayoría. Y esto ni es fácil ni es rápido. Al contrario. Pero tiene algo que estamos perdiendo día a día y que cuesta encontrar, y es que enriquece.

Para acompañar esta reflexión recupero un artículo que publicamos en el Toc de Gràcia, la revista de las entidades del juveniles de Gràcia donde intentamos explicar qué entendemos por asamblearismo.

El asamblearismo es entendido por muchos colectivos, movimientos sociales e ideologías políticas como herramienta, y no sólo como fin en sí mismo. Esta herramienta se vuelve necesaria e imprescindible para empezar a crear, desde el aquí y el ahora, relaciones horizontales y transversales, luchando así de forma organizada para conseguir una sociedad donde todas seamos más libres.

Su historia es larga, con algunas decepciones en la espalda. Pero a pesar de todo, de las crisis y equivocaciones, la asamblea sabe extraer los mayores aprendizajes, que nos permiten seguir avanzando y recoger, poco a poco, nuevos frutos revolucionarios. “La resistencia es un proceso creativo, resistir consiste en crear, recrear, cambiar el estado de las cosas, participar activamente en el proceso” (M. Foucault).

La asamblea, como método de organización política y de resistencia frente al sistema capitalista y patriarcal, nos plantea diferentes problemáticas interesantes de analizar:

Para empezar, hay que hacer una mirada de dónde partimos y pensar que por la transformación de nuestra sociedad, primero requerimos de un cambio en nuestra psicología social y, por tanto, también de la individual; cambio de aquellos hábitos y valores, intrínsecos y característicos, que nos han ido inculcando a lo largo de nuestra vida (esto no quiere decir que estemos conformes, o que no podamos ser críticos, pero sí reconocemos que forman parte de nuestra forma de relacionarnos en mayor o menor grado). Nuestra educación formal nos dirige hacia la reproducción de pautas y esquemas sociales que van orientados a perpetuar el sistema de dominación y desigualdad actual. Nos ayudará a superar esto el hecho de afrontar la asamblea con una mirada y actitud positiva ante los problemas y dificultades con las que nos vamos encontrando (y no la actitud derrotista propia del pesimismo más inmovilizador), al tiempo que hay que trabajar el respeto mutuo y la confianza como bases de la construcción colectiva.

Además, en el asamblearismo, también hay que trabajar las relaciones de poder. A priori, parece que dentro de la asamblea éstas ya no tienen que existir, pero en la práctica diaria lo cierto es que sí que están presentes y lo que es importante, pues, es detectarlas y minimizarlas. Por eso tenemos diferentes recursos que nos pueden ayudar: pasar la información sobre los temas a debatir a todos los miembros de la asamblea (y que no sean unos pocos los que la tienen, frente a una mayoría desinformada); hacer de ésta un órgano participativo con un grupo de dinamización rotativo que, por un lado, prepare dinámicas encaradas a incentivar la participación y por la otra, modere esta evitando que hablen siempre los mismos, etc. Así, posiblemente, conseguimos que con el debate surjan opiniones colectivas en las que todo el mundo se sienta representado y por lo tanto sean más fáciles de aprobar por consenso. Todo enfatizando la importancia de superar la opinión individual y propia frente a la opinión colectiva, que se va gestando a medida que vamos debatiendo y construyendo alternativas conjuntas.

Y finalmente, a la hora de plantear una organización política asamblearia hay un elemento fundamental a tener en cuenta: el tiempo. En la sociedad actual, los “tempos” del asamblearismo parece que no tienen cabida. Nos hemos vuelto seres del instante, con poca paciencia y conciencia de que las cosas que perduran requieren su tiempo. Por ello, ante las presiones de los mass media, que quieren información rápida, o de los políticos jerárquicos que toman decisiones con un abrir y cerrar de ojos, la asamblea menudo se ve estresada y nos cuesta mantener la calma. Hay que caminar hacia un cambio en el valor del tiempo, y pensar que este es nuestro y de nadie más, al igual que la historia que vamos escribiendo con nuestras formas revolucionarias.